Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia (Hegel)

domingo, 9 de enero de 2011

Democracia y oligarquía en la guerra del Peloponeso


Hablamos hoy de un estupendo libro de historia militar, política y social: A War Like no Other, de Victor Davis Hanson (Londres: Random House, 2005). El conflicto de que habla es la bien conocida guerra del Peloponeso, entre Atenas, Esparta y sus aliados, a fines del s. V a.C.

Como señala el autor, el nombre por que la conocemos responde poco a lo que fue la contienda, denominada en su época como "la guerra contra Atenas", ya que enfrentó a una amplia coalición de estados griegos, encabezados por Esparta, y cuyo objetivo era la destrucción del 'imperio' ateniense.



Esta larga lucha de casi treinta años ha constituido un objeto permanente de atención para la historiografía europea por tres factores interesantes: por haber contado con relatos contemporáneos de alta calidad (Tucídides, Isócrates...), por haber enfrentado de manera muy sangrienta a la mayor parte de las polis justo después de la trabajada unidad que les había llevado a una resonante victoria en la lucha contra el imperio persa, y porque, aun tratándose fundamentalmente de una rivalidad geoestratégica, se vistió con los ropajes ideológicos de una lucha entre la democracia ateniense y la oligarquía espartana.

Junto a estos aspectos fundamentales, interesa ver que la guerra del Peloponeso también supuso el fin de una determinada manera de hacer política -y de mantener el esfuerzo de guerra- en la Antigua Grecia. Este es el elemento más importante que explota Victor Hanson para plantear su estudio.

Ofrece aquí una relectura del conflicto, novedosa no tanto por sus aportaciones -pocas pueden hacerse ya- o conclusiones, sino por la presentación que hace de los acontecimientos y el modo en que pone de relieve los puntos cruciales que explican la génesis, desarrollo y consecuencias de la guerra. Precisamente porque se trata de un conflicto bélico, lo aborda desde el mejor punto de vista que puede aplicarse en historia militar: sin atenerse a un desarrollo cronológico, ya suficientemente explotado, razona el papel que jugaron a lo largo del mismo las diferéntes tácticas y técnicas de guerra, desde las devastaciones causadas por los espartanos en territorio ateniense, a las batallas de hoplitas, los sistemas de asedio, el empleo de la caballería o la marina, el impacto de la peste o las políticas de terror contra el adversario. Lo mejor es que une cada uno de estos aspectos con las diferentes etapas de la lucha y le sirven para explicar las evoluciones sociales y políticas que acompañaron el largo devenir del conflicto y sus constantes alternativas.

Atenas había sido la gran beneficiada de las guerras contra Persia. Esparta salió de ellas con un prestigio reforzado y una fuerte cohesión de su modelo social, pero fue Atenas quien capitalizó la victoria creando una confederación de polis, la Liga de Delos, obligadas a sostener una poderosa flota, totalmente dirigida por los atenienses y a pagar elevados tributos, que Atenas empleaba en su propio engrandecimiento.

Resulta interesante constatar cómo esto también produjo cambios sociales y políticos muy profundos en el Ática. El crecimiento de la flota y, subsiguientemente, del comercio, provocó la decadencia de la antigua clase de propietarios de tierras y el incremento del número y el peso político de los comerciantes, marineros, artesanos y remeros que trabajaban en el negocio marítimo ateniense. Debemos saber que, para mantener en activo una flota de trescientas naves, se requería una masa humana de sesenta mil marinos -la mayor parte de los mismos, hombres libres retribuidos- y entre diez y veinte mil hombres suplementarios en las atarazanas del Pireo. Este era el sostén de la democracia ateniense dirigida por Pericles, aquellos que no deseaban el triunfo político de los propietarios terratenientes, quienes configuraban la base de reclutamiento de los ejércitos de hoplitas (infantería).

En Esparta, por el contrario, la fuerza de sus hoplitas era el elemento fundamental en la estructura de su estado. Una oligarquía de propietarios (gerusía) había conseguido dominar racialmente a los pueblos vecinos (Mesenia) y someterlos a un estado de abyecta servidumbre a base de limitar pràcticamente la vida de sus ciudadanos a la preparación de la guerra y en la renuncia al dinero, el comercio y la acumulación de riqueza. Estos ciudadanos libres e iguales configuraban la más perfecta masa de hoplitas (siempre guerreros libres e iguales)de toda Grecia.

Ambas realidades configuraron las opciones estratégicas desde el comienzo de la guerra. Pericles renunció a enfrentar su infantería en campo abierto con los temibles espartanos, y ordenó a toda la población del Ática refugiarse tras los Largos Muros que unían la capital y el puerto del Pireo. Dado que los griegos (enormemente conservadores en sus técnicas de guerra, como casi todos los pueblos) carecieron durante siglos de máquinas de asedio, su posición se volvía inexpugnable. Protegía los bienes de comerciantes y marineros, y el principal recurso militar de Atenas, la flota, a cambio de sacrificar las fincas y bienes de la clase de los propietarios -hostil tradicionalmente a la plena democracia de su ciudad- y que no dolía tanto sacrificar. El precio, con todo, fue altísimo, pues el amontonamiento de personas dentro de la muralla provocó una devastadora peste que se llevó por delante a Pericles y buena parte de los recursos económicos y humanos de Atenas. Pero no había opción, y, con variantes, esta opción se repetiría en diversas ocasiones.

Los espartanos habían soñado con aplastar a los atenienses en una batalla campal o que, si estos no comparecían a la cita, podrían arrasar sus olivos, viñedos y árboles frutales, rindiéndolos por hambre. Ambas expectativas se revelaron falaces. Los atenienses no se les enfrentaron más que raramente, pero tampoco el saqueo consiguió devastar completamente los campos. Hanson explica la tremenda dificultad de hacer esto en territorios más o menos amplios, y el hecho decisivio de que la actividad artesanal y comercial de Atenas podía suministrar productos de intercambio suficientes para garantizar el abastecimiento alimenticio de la población.

La flota era el recurso y la fuerza de la mayoría popular, mientras el ejército de hoplitas luchaba también con bravura, pero configurado por grupos sociales más minoritarios. Más reducida era aún la aportación de la caballería (los ciudadanos debían subvenir sus armas y caballos) un reducto fundamentalmente aristocrático. Hanson sostiene que esta limitación actuó de manera decisiva en algunos episodios de la guerra. Aunque los atenienses pudieron ver su importancia en las escaramuzas de protección de territorio contra la invasión espartana, no alcanzaron a desarrollarla, porque la mayoría de la población prefería invertir en la democrática flota, y no en la aristocrática caballería, lo cual tuvo consecuencias también desastrosas en momentos como la campaña contra la isla de Sicilia, donde se perdió el más brillante ejército reunido nunca por Atenas ante la superioridad de la caballería siciliana.

Los atenienses supieron emplear de manera muy efectiva su flota para realizar ataques perifericos contra Esparta y sus aliados, y para obligar a numerosas ciudades costeras a mantener su alianza con la Liga de Delos. El problema es que esto no conseguía triunfos decisivos sobre Esparta y que forzaba en ocasiones a aplicar políticas terroristas contra aquellos que desearan optar por Esparta o, simplmente, mantenerse neutrales, aunque se tratara de democracias y de polis teóricamente soberanas. Atenas, que ya se había ganado por su prepotencia la inquina de buena parte de las ciudades griegas perdió ahora cualquier atisbo de superioridad moral que pretendiera enarbolar. Esta lucha entre democracia (Atenas) y oligarquía (Esparta) no fue visto necesariamente así por muchos griegos. Esparta encabezaba más bien una coalición para garantizar la 'libertad' de los griegos frente a la tiranía ática.

Finalmente, el triunfo correspondió a Esparta cuando, debilitados los atenienses por desastres imprevistos y sus propios errores, consiguieron la ayuda económica persa para levantar naves y tripulaciones de plantear batalla a los atenienses en su mejor terreno: el mar. Dirigidos por Lisandro, capturaron el grueso de la renovada flota de Atenas en Egospotamos y provocaron un bloqueo total de la capital que debió entregarse en el 404 a.C.

Algunas lecturas parciales o interesadas pretendieron sacar lecturas morales sobre la superioridad espartana frente al modelo ateniense. No hace mucho leí la tontería de que 'nunca una democracia podría superar a una dictadura en un conflicto bélico' (???) como si además de esta guerra del Peloponeso no hubiéramos asistido a triunfos democráticos en la Primera y Segunda guerras mundiales, sin ir más lejos. El gran cronista de lo sucedido, Tucídides, no deja de ser un demócrata desencantado y amargado por los flagrantes errores cometidos por sus conciudadanos en la conducción de la guerra. Fue la Asamblea la que decidió seguir las cuestionables indicaciones de Alcibiades enviando una gran expedición militar contra Siracusa, y fue la misma Asamblea la que escuchó a unos cuantos demagogos que forzaron la ejecución de los almirantes que habían logrado la victoria en las islas Argineusas, simplemente porque no habían seguido los ritos prescritos con los cadáveres propios, por ejemplo.

Pero concluir que estos fallos supusieron la derrota final de Atenas o manifestaban un superioridad del estado oligárquico espartano es probablemente ir demasiado lejos. Hanson plantea que nuestra lectura de la situación estratégica está muy marcada precisamente por Tucídides y otros testigos de la época. Esparta apenas pudo sacar provecho de su victoria por las limitaciones de su propio sistema que le impedía contar con el apoyo de la mayor parte de la población (los ilotas) y su gran general Licurgo también acabó enfrentado con la gerusía, como los generales atenienses con el pueblo. Lo más interesante es que la contienda no necesariamente debe tener su fecha final en el año 404. La rendición de Atenas no dejó de ser un episodio. Apenas un año más tarde, los ciudadanos ya se habían sacudido la dictadura oligárquica impuesta por Esparta e implantaron una renovada democracia, que produjo un equilibrio estratégico entre Esparta, Atenas y una engrandecida Tebas también en poco tiempo. Es más, el nuevo poder de Atenas y Tebas se basaba en confederaciones de Polis mucho más razonablemente establecidas que la anterior Liga de Delos, y en las que todos, y no sólo la metrópoli podían participar y beneficiarse. La guerra del Peloponeso no supuso, por tanto, la ruina de Atenas, sino una profunda mutación en el mundo griego y un larguísimo tránsito hacia una nueva etapa.

Porque los diferentes cambios en el panorama bélico tuvieron consecuencias de largo alcance. Como señalaba Aristóteles, la ascensión de la polis fue el resultado directo del desarrollo de una clase de pequeños propietarios con medios de comprar armas, y la antigua distribución social en virtud de la cual los ricos combatían a caballo, los campesinos como hoplitas, los pobres como remeros o peltastas (infantería ligera) y los esclavos como portadores de bagajes, devino obsoleta. En los momentos de crisis se había visto a los ricos servir como infantería, a los campesinos como remeros, y a los pobres combatir como hoplitas con su armamento a costa del estado.

Tan o más importante aún fue el desarrollo de nuevas máquinas de asedio, que fueron, poco a poco, haciendo vulnerables las defensas de las polis, y colocando a toda la población en riesgo de ser vendida o exterminada. Cada pequeña localidad ya no podía considerarse soberana y cabeza de un miniestado independiente, porque sólo la presencia de un poderoso ejército aliado podía salvarla ahora de la ruina. Cuando se conoce el grado de identificación de los griegos con su polis y con la individualidad y soberanía de ésta, se comprende el terremoto ideológico que supuso. Las breves campañas veraniegas, con enfrentamientos campales entre líneas de hoplitas ya no eran la única opción de guerra. Se podía asediar ciudades, se podía combatir de manera irregular contra las guarniciones o líneas de abastecimiento contrarias, se podía, en fin, organizar las tropas en nuevas formaciones que plantaran cara al predominio de una infantería espartana todavía imbatible pero que había dado muestra de sus limitaciones.

Una reflexión personal derivada del libro es que los ciudadanos atenienses, a veces guiados por demagogos, a veces equivocados, no fueron, con todo, tan obtusos en el ejercicio de sus prácticas democráticas. Es cierto que desconfiaban de sus propios generales y que a veces dificultaban las cadenas de mando colocando al frente de las tropas hombres que representaban opciones ideológicas distantas y que, por tanto, estaban enfrentados. Pero siempre parecen haber sido fieles a la salvaguarda del bien mayor: la participación del pueblo en política, y evitaban el abandono de las responsabilidades en una clase de grandes propietarios, de técnicos o de jefes militares que pudieran arrogarse la exclusiva en el ejercicio del poder. Si las masas suelen equivocarse, también pueden hacerlo los grandes hombres (ejemplos de enormes dimensiones hay en la historia) y los atenienses preferían hacerlo colectivamente a ser víctimas de los extravíos de unos pocos.

Muy interesantes son las descripciones sobre la construccion y mantenimiento de la flota, así como sobre la recluta y entrenamiento de los remeros. Se movilizaban muchos miles de personas en la guerra marítima, más que en las siempre limitadas operaciones terrestres. Se entiende que el creciente salvajismo del conflicto y las matanzas ocurridas tanto en el campo de batalla como una vez hecho prisionero el enemigo, provocaran también fuertes conmociones sociales, sobre todo si eran subsiguientes a un gran enfrentamiento naval. Lo cierto es que desapareció 'la manera griega de hacer la guerra', que hasta entonces se había regido por los patrones caballerescos de una determinada clase social y para conflictos limitados o que habían enfrentado a los griegos con potencias extranjeras como los persas. Ahora, en una lucha de griegos contra griegos, e incluso de todos los griegos contra todos los griegos, el pragmatismo más cruel e incluso la obecación más irracional se impusieron a las normas anteriores, alargando y agravando el conflicto hasta extremos que nos deben hacer reflexionar sobre la capacidad transformadora, pero también pervertidora de los conflictos bélicos.

1 comentario:

  1. holaa mee gustoo muchiio los feliciitohh bandaa!!!!bss

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