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miércoles, 2 de mayo de 2012

Gastón Febus, el león de los Pirineos

  Se repite a menudo que hay hombres que encarnan una época, pero otros pueden incluso adelantarse a la suya, y convertirse en arquetipos de los tiempos que vendrán. Uno de ellos fue Gastón III, Gastón Febus, conde de Foix y señor del Béarn.

  Los turbulentos tiempos de la guerra de los Cien Años fueron propicios para el surgimiento de nuevos 'estados' principescos que se insertaban entre las monarquías tradicionales. El caso más famoso fue el exhuberante crecimiento del ducado de Borgoña. En el sur de Francia destacó con luz propia el breve pero fulgurante dominio de Gastón III, el gran señor de los Pirineos, que supo formar un todo coherente de los dominios dispersos heredados, haciéndose respetar por vecinos tan poderosos como los reyes de Francia e Inglaterra, los de Aragón, Castilla y Navarra.

  Durante mis años de estudiante tuve ocasión de participar en un curso que contaba con la presencia del  profesor Pierre Tucoo-Chala, gran especialista de la historia medieval pirenaica y principal biógrafo de este personaje, un investigador que cautivaba tanto por sus conocimiento como por la extrema sencillez con que sabía exponerlos. Tres décadas más tarde encontré en una librería de segunda mano un resumen divulgativo de su magnífica tesis, y he vuelto a disfrutar como lo hice entonces. Se trata de Gaston Febus. Grand Prince médiéval, 1331-1391 (Biarritz: J&D Éditions, 1996), una pequeña gran obra para una fascinante y aleccionadora historia.

  Lo más interesante de Febus es la forma en que concentra sobre si mismo, ya en el siglo XIV, todos los rasgos de quienes serán los grandes príncipes del Renacimiento. Hubiera podido servir como modelo de tal al propio Maquiavelo, una mezcla de la habilidad política y militar de Fernando el Católico con la galanura y mecenazgo de Alfonso el Magnánimo. Un auténtico hombre a caballo entre dos épocas, y perteneciente, a la vez, de manera plena, tanto a la una como a la otra.

  Lo que primero destaca es su poderosa individualidad. Si al duque Felipe el Bueno lo recordamos como un gran constructor de la 'casa' de Borgoña, a Gastón Febus se le recuerda por si mismo, muy alejado del paradigma dinástico medieval. Gastón III construyó su propia imagen, apoyado en ese sobrenombre de Febus, elegido por él, que transmitía a la vez la idea de un príncipe fastuoso, bello, de larga cabellera rubia flotando al viento. Un primer 'Rey Sol' sin corona.

  De la misma manera que los Medici se sirvieron un siglo más tarde del arte y la literatura para consagrarse como señores de Florencia, nuestro Febus tuvo buen cuidado de cultivar los medios de su tiempo para realzar su figura. Supo utilizar al mejor cronista del reino de Francia, Froissart, a quien hizo entonar
ditirámbicas alabanzas, no mediante grandes suma de dinero –que le regateaba hasta la tacañería- sino mediante el halago. Triste condición la del intelectual que sólo desea ser escuchado. Sabiéndolo, Gastón le hacía recitar durante horas ante toda la corte sus crónicas y poemas. También la música, a la que era muy aficionado. Febus compuso o inspiró directamente un gran número de canciones y motetes, que loaban su gloria y daban tono a sus ambiciones políticas, enlazando además su legado con las tradiciones trobadorescas tan propias del sur de Francia.

  Su padre Gastón II había muerto en Algeciras, luchando como Cruzado contra los infieles. Llegó al trono condal con sólo 12 años, bajo la tutela de su madre, Leonor de Cominges. Su bagaje intelectual era superior al corriente en un noble laico de su tiempo: conocía el latín y estaba familiarizado con las Escrituras y sus comentarías, leía novelas de caballería y se había formado en las artes musicales. Manejaba igual de
bien las lenguas de oc y de oil. Ya en sus primeros veinte años de gobierno supo construir un estado continuo entre sus diferentes estados del Pirineo e hizo del Béarn un principado soberano.

  Y eso que la herencia, compleja y discontínua no era fácil. El Bearn era una tierra poco poblada, sin apenas ciudades, aunque sus señores habían sabido adueñarse del derecho a acuñar moneda, y hacer ésta suficientemente apreciada en el suroeste de Francia. Se beneficiaban de los caminos de Compostela y
protegían a los peregrinos. La principal ventaja era que ni los otros nobles ni el clero de la región disponían de bienes capaces de hacer sombra al poder y la riqueza de los condes de Foix, que hacía poco habían reunido al suyo este territorio. Fue la heredera de Gastón VII, descendiente de la dinastía catalana de Montcada la que casó con Roger-Bernard III, conde de Foix, uniendo ambos dominios.

  En el condado de Foix había también importantes zonas agrarias, como el viñedo de Pamiers, o la ganadería entre Pamiers y Maceres, pero lo esencial eran los bosques y minas de Vicdessos o Chateauverdun en Ariège, que permitían producir tanto armas como utensilios agrícolas. Las comunidades campesinas habían conocido un fuerte crecimiento den el s. XIII y obtenido fueros que les concedían una autonomía superior a la del Béarn. Es una de las razones por las que Gaston III apenas hacía residencia en esta zona y en caso de necesidad prefería el castillo de Maceres.

  Entre ambos territorios había doscientos kilómetros de distancia, con instituciones propias e intereses económicos que no eran comunes. Además, debía hacer frente a las ambiciones de la casa de Armagnac, muy relacionada con los reyes de Francia. Gaston Febus, sobre todo, supo sacar partido de otros pequeños señoríos. Sobre la base del Nebouzan, en torno a Saint Gaudens, construirá un puente que unirá sus tierras occidentales y orientales, hasta formar un continuo que dominaba casi todo el Pirineo, desde el sur de Tolosa hasta los reinos de Aragón y Navarra. Dominios como Lautrec le permitían también controlar rutas estratégicas, como la de Tolosa-Carcasona-Montpelier y el suculento comercio del pastel para teñir telas.

  Cuando estalló el conflicto que enfrentaría a Francia e Inglaterra durante más de Cien Años, su posición era también complicada, como la de tantos nobles de la zona, ya que había prestado vasallaje por diferentes territorios a ambos monarcas. Aunque la opción francesa parecía la más clara políticamente, el país no podía sobrevivir si se le privaba de acceso a los puertos de Burdeos y Bayona. El dilema sólo pudo ser solventado refugiándose en la neutralidad, amparada  por la reclamación de soberanía total para el Béarn. Esto no resultaba en absoluto fácil de llevar a la práctica. Hizo falta recurrir a considerables dosis de astucia para evitar sumarse a los llamamientos feudales de Felipe de Valois o de Eduardo III. Gastón supo encontrar todo tipo de excusas dilatorias amparadas en el derecho para no entrar en una guerra que siempre manifestó no le concernía en absoluto; cuando no quedaba otro remedio, planteaba la necesidad de ver reconocidos los derechos que reclamaba al tiempo que cumplía sus obligaciones, o se dedicaba a ir al combate, pero sólo contra sus enemigos los Armagnac, sin lesionar los intereses de ninguna otra parte. Las derrotas francesas de Crécy y Poitiers fueron la clave que le permitió reclamar una soberanía completa con muy poca base histórica o jurídica. No eligió el peligroso juego de amenazar con el poder de sus vecinos para enfrentarlos, sino que prefirió marcar las distancias con todos ellos. Estaba siempre dispuesto a reconocer la dependencia feudal por algunos territorios, lo que, implícitamente, suponía el reconocimiento de que no debería hacerlo por otros.

  Hubo de hacer frente, como todos los señores de la época, a revueltas en sus posesiones. Una vez más, se apartó de los criterios comunes y limitó por lo general la  represión a la imposición de grandes multas, en lugar de las acostumbradas masacres  ejecutadas por otros nobles. Siempre vigilante de sus intereses económicos a la vez  que políticos, sabía que un rebelde muerto era también un contribuyente menos.

  Cuidadoso en extremo, como hemos dicho, de su imagen pública, no podía dejar de participar en lo que seguía constituyendo el gran mito de la Cristiandad: las Cruzadas. Perdida Tierra Santa,, se limitó a una breve Cruzada en Prusia, donde se estaba cometiendo en nombre de Dios un genocidio contra los pueblos bálticos. Sumó, como siempre, intereses personales diversos: le ganó fama de caballero piadoso, le permitió, bajo protección papal, arreglar sus diferencias con el rey de Aragón, y pudo eludir una situación que se había vuelto demasiado difícil de gestionar entre los intereses contrapuestos de Inglaterra, el nuevo heredero de Francia, Carlos V, y el rey Carlos II de Navarra. Puso  una vez más su habilidad de manifiesto cuando Pedro IV de Aragón le exigió insistentemente que cumpliera sus deberes de vasallaje socorriéndole en su desesperado combate contra Pedro I de Castilla. Pospuso tanto su ayuda que cuando esta llegó se estaban negociando ya treguas y pudo asegurar que había sido fiel a los pactos sin enemistarse por ello con Castilla.


    También tuvo como aliada a la Fortuna, una dama muy respetada en la época. Cuando se unió –de manera poco habitual en él- a las conspiraciones de Carlos II el Malo contra el rey Juan de Francia, y se le encarceló por ello, el monarca fue derrotado en Poitiers y constituido prisionero en Inglaterra, lo que le devolvió la libertad y su capacidad de influir en los acontecimientos. Incluso pudo, a su retorno de Prusia, acudir en socorro de las damas de la familia real amenazadas de muerte por la Jacquerie del norte de Francia, lo que le ganó en los medios aristocráticos imperecedera fama caballeresca, a costa de una sangrienta represión entre los campesinos donde murieron más de 9.000. Pero no eran tributarios suyos, sino de los señores del norte.

  Recurrió a las armas con frecuencia, pero raramente en combate. Prefería siempre vencer mediante la demostración y la amenaza bien organizadas a los riesgos impredecibles de la lucha. Cuando lo entablaba sabía salir victorioso. Frente a la impulsividad típica de la nobleza feudal, fruto del valor y la arrogancia, prefería la inteligencia, y así derrotó a los Armagnac en las batallas de Launac y Cazères.

  Estas victorias terminaron en acuerdos políticos y económicos muy favorables. Los rescates pagados, 500.000 florines en un caso y 100.000 en el otro, pusieron las bases de su gran fortuna, que nunca perdió ocasión de aumentar. Persiguiendo el dinero, era capaz de condonar sentencias por la entrega de tierras que, además, el condenado debía comprometerse a cultivar gratuitamente hasta su muerte. Cuando falleció, dejó un tesoro de 700.000 florines. Llevó la tasa legal de usura al 42%, muy beneficiosa para él, ya que era el prestamista més grande de sus tierras. Mediante préstamos que no se podían retornar se hizo con la sumisión de diversos señores, incluso de la lejana e importante Mirepoix. También utilizaba la táctica del feudo-renta, consiguiendo el servicio de numerosos nobles contra un pago anual garantizado, salvo contra el señor eminente del feudo. Pero fue suficientemente precavido como para no imponer la gabela de la sal, que sus poblaciones pirenaicas, necesitadas para sostener sus animales de este producto, no hubieran soportado. Consiguió que sus comerciantes dominaran las rutas comerciales entre Tolosa, Bayona y el Ebro. Del sur de los Pirineos traían las especias, el aceite y la pólvora catalana.

  Siguiendo el ejemplo de los ingleses, y lejos de sentir el temor de otros señores feudales, animó a los habitantes de sus territorios a que se formaran como arqueros, lo que le ayudó a obtener sus escasas pero resonantes vicotiras. Se dotó de un sistema de fortalezas cuidadosamente trazado, modernizadas para poder utilizar y enfrentarse a la artillería. Eligió el ladrillo en lugar de la piedra por su baratura y rapidez, aunque a veces debiera emplear grandes cantidades, hasta 1.700.000 piezas en el castillo de Montaner.

  Dedicado atentamente a sus tareas de gobierno, reformó la justicia, centralizándola y poniendo leyes e instituciones al servicio directo de su poder. La fiscalidad fue, naturalmente, uno de los centros de atención. Todos los recursos de sus estados, e incluso de territorios vecinos cuando la ocasión se presentaba, fueron sometidos a cotización. Sus poblaciones aceptaron de buen grado tales cotas de autoritarismo y presión económica porque la habilidad política y diplomática de Febus les evitaba las devastaciones contínuas que padecían otras regiones de Francia. Consiguió incluso que muchas localidades ajenas a sus territorios reclamaran guarniciones suyas -que debían pagar religiosamente- con tal de gozar de su protección.

  Pero tantas virtudes iban acompañadas de una muy renacentista falta de escrúpulos. No sólo para masacrar lituanos o campesinos rebeldes, sino incluso en el ámbito familiar. En cuanto se vio favorecido con un heredero, repudió a su esposa, Agnés de Navarra, alegando que no había recibido la dote prevista, y se preocupó mucho que no pudiera sacar del Béarn ninguno de sus bienes, ni los propios. Estableció una alianza mafiosa, con las compañías de mercenarios que ocupaban el castillo de Lourdes, cuyos ataques sistemáticos a las poblaciones vecinas le permitieron obtener la sumisión de numerosas comunidades que buscaban su protección, la más importante de las cuales era Tarbes. Incluso el rey de Francia le pagó 40.000 francos -que se repartió con ellos- para que mediara y consiguiera que aceptaran pertenecer al bando francés. Al mismo tiempo que impedia que los ejércitos de paso saquearan cualquiera de sus tierras, no dejaba de animarlos a que arrasaran los señoríos de aquellos caballeros de quienes no conseguía obediencia.

  Su existencia también pone de relieve la capacidad de las oligarquías de todos los tiempos para sacar ventaja de cualquier circunstancia a costa de los otros grupos sociales, saqueando repetidamente los bienes públicos.  Por ejemplo, cuando el reino de Francia debió ceder gran parte del suroeste a Inglaterra tras la derrota de Poitiers, Gastón exigió que se le compensase por la renuncia temporal a los derechos que creía tener sobre la Bigorra recaudando en el Languedoc 200.000 florines a pagar por los sufridas y devastadas pobladores.

  Nunca se preocupó de dos actividades muy frecuentes entre los señores medievales: las fundaciones piadosas (sólo se le conoce la del convento carmelita de Salvatierra de Béarn) o los torneos, que consideraba un entretenimiento frívolo. En cambio fue un gran experto en caza, sobre todo con perros. Escribió un famoso tratado, reproducido en ediciones sencillas o rícamente iluminadas durante más de dos siglos. Atento, como en todo, a percibir sus derechos de autor, no dudó en prestar sus preciosos manuscritos contra el pago de hasta 50.000 francos. Laicismo, pragmatismo, rasgos de los tiempos que vendrán.

  Pero también la vida extraordinaria de Gaston Febus terminó en un cuasi fracaso. Sorprendió a su único hijo intentando envenenarlo para acelerar un traspaso de poderes que se alargaba demasiado. Irritado por su tenacidad en los interrogatorios, terminó por asesinarlo con sus propias manos. Así, a su muerte, el efímero estado pirenaico levantado con su insustituible habilidad comenzó a desmoronarse. Aunque la fortuna familiar no acabó del todo. Foix y el Béarn quedaron en manos de la rama de los Castelbon, a quienes había intentado repetidamente apartar de la herencia. Como una y otra vez la sucesión se hará por línea femenina, no se suele recordar que los señores del Béarn entroncaron con la casa real de Navarra. Esta a su vez con los Albret, y éstos con los Borbón, hasta que los descendientes, no de Gastón Febus, pero si de su linaje, terminaron por ser reyes de Francia y España.

 

3 comentarios:

  1. Interesante. La editorial Siruela, hace años, publicó una colección de literatura medieval, generalmente relacionada con la saga artúrica, pero entraba tambienn en otros temas. Además del interés literario e histórico la edición era muy cuidada. Un saludo.

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  2. Donde esta enterrado Gaston Phebus?

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  3. No he seguido sus avatares, pero fue inicialmente enterrado en el convento de los Cordeliers (franciscanos) de Orthez.

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