Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia (Hegel)

domingo, 2 de diciembre de 2012

Más sobre el 23-F

Ahora que los últimos escándalos han puesto en cuestión el papel de la familia real en la democracia española, y cuando parece que el propio Juan Carlos ha perdido el aura que le acompañaba desde la Transición como garante de la constitución y elemento de anclaje entre la mayoría silenciosa de la población y la clase política, he encontrado el momento que me faltó el año pasado para leer el libro de Javier Cercas Anatomía de un instante (Barcelona: Mondadori, 2009), que le valió el Premio Nacional de Narrativa y ha sido valorado como uno de los mejores ensayos sobre el golpe de estado del 23 de febrero de 1981, y donde algunos creyeron ver revelaciones y sospechas cruciales para entender el pasado más reciente de España y de la Corona.
Aunque esta vez no se trata de una novela, el trabajo de Javier Cercas, como casi todos los suyos, se mueve entre la historia política, el ensayo sociológico y la reflexión personal. Y en este sentido es una obra de gran calidad, mejor -a mi discreto entender- que los anteriores. Pero lo que no contiene es ninguna revelación de gran calibre. Cercas se documentó muy bien y dice haber entrevistado a numerosos protagonistas del golpe, pero todo lo que explica ya se sabía de un modo u otro. Eso si, lo contextualiza y explica con inteligencia, arrojando alguna luz sobre aspectos que siempre serán confusos.

Sobre lo que menos contiene novedades es sobre lo que, en su momento, más se comentó al publicar la obra: el papel del rey en la gestación y la contención posterior del golpe militar. Incluso se llegó a insinuar que el autor se apuntaba a la tesis de que Juan Carlos estaba, de algún modo, detrás del golpe. Pues de lo que ha escrito difícilmente puede deducirse esto. Quienes a través de los medios de comunicación hicieron correr semejante idea es porque no habían leído otras investigaciones o valoraciones de los hechos donde se exponía, la intervención real en los acontecimientos previos al golpe. Cercas lo que hizo fue ordenar y contextualizar. En su opinión, el Rey se paseó por el límite de la legalidad constitucional durante los meses anteriores, porque no encontraba la manera de forzar la dimisión de Adolfo Suárez y porque un sector mayoritario de la clase política andaba por entonces haciendo lo mismo, y alimentando la hipótesis de un gobierno de concentración presidido por un militar. Discurre que quizá había hablado de todo ello con Alfonso Armada -más bien seguro- y que -probablemente- éste imaginó ser el hombre que el rey quería o necesitaba.

Pero nada de esto es nuevo, y nada implica necesariamente que el Rey estuviera detrás de alguna de las conspiraciones militares en marcha. El autor ni siquiera lo insinúa. Lo que si hace, y posiblemente es la mejor intuición del libro, es elevar el foco de atención sobre el golpe de estado y sacar el cuadro de las tramas golpistas o su entorno militar, para llevarlo al conjunto de la vida política española por aquellas fechas. En un tono de denuncia, explica cómo casi todos los grupos y organizaciones se habían entregado tras las elecciones de 1979 a una vorágine de debates internos, frivolidades constitucionales, repartos autonómicos, confabulaciones parlamentarias y declaraciones irresponsables que constituyeron lo que él denomia el 'humus' del 23-F. Y que, salvo las excepciones de Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, nadie estuvo luego a la altura en la misma jornada del golpe cuando todos los partidos, los sindicatos, la prensa, e incluso el conjunto de la sociedad guardó silencio hasta que la situación estaba ya muy decantada contra los sublevados.
Esto es lo que le lleva a profundizar en el figura de Adolfo Suárez -auténtico propósito del libro- en la de Santiago Carrillo y en la del general Gutiérrez Mellado, los únicos que permanecieron en pie durante el asalto de los guardias civiles al Congreso -los que Cardona denominaba con gallardía 'torres del honor'-. Un enfoque así es también uno de los puntos fuertes del libro y una de sus grandes debilidades, porque el perfil de las personas que dibuja Cercas es vigoroso, cincelado por sus excelentes cualidades de narrador, plausible incluso a la luz de todo lo que expone, pero siempre conjetural, siempre tan cercano a los personajes literarios como a los protagonistas históricos. Puede que todo fuera así, pero también puede que no.

Incluso cuando eleva, como decíamos, el foco, y se adentra en la sociología política, creo que olvida uno de los factores cruciales en aquellos años, el elemento que para mi explica mejor la dinámica de la Transición y las razones últimas del fracaso del golpe, de la inexplicable timidez de muchos militares ya comprometidos a la hora de lanzarse a tomar las calles: el conjunto de la sociedad española veía en aquella tambaleante democracia un factor de progreso y en los intentos para reconducirla o para volver a las esencias del franquismo un regreso al tradicional atraso español. Al margen de las ideologías políticas -que siempre son difusas y hasta negociables-, al margen del desconocimiento que muchos tenían de la vida parlamentaria, al margen de las diferencias sociales y regionales, el grueso de la población quería, ante todo, ser europea y disfrutar del nivel de vida, la libertad y las prestaciones de que gozaba la población europea (occidental). Y eso implicaba el desarrollo de un régimen democrático parangonable. Esta era su verdadera ideología y su modelo. Un objetivo para el que existía un camino claro, unas formas legales e institucionales ya probadas y una serie de pactos establecidos en los años anteriores, que habían permitido a muchos darse cuenta de que aquello era viable. En cambio, el franquismo había muerto con Franco; mucho tiempo atrás había agotado sus promesas y tan sólo podía insistir machaconamente en la aceptación del 'Spain is different' como proyecto de futuro.

Sin este sustrato, la intervención del Rey, la pasividad de muchos militares, la reacción de unos pocos -pero importantes por su posición de mando-, el pasmo o la cobardía de tantos dirigentes políticos no hubieran significado gran cosa. Fue, en última instancia, la convicción difusa, silenciosa y pertinaz de la mayoría la que empujó los acontecimientos. El golpe, ciertamente, podía haber triunfado, y Cercas razona incluso cómo podía haber encontrado suficiente apoyo político, pero está por ver qué hubieran hecho luego los golpistas -las tres tramas que, como mínimo, confluyeron en el golpe- con esta victoria.

Otro de los puntos fuertes del libro es la exposición que hace sobre la participación en el golpe de los servicios secretos españoles -el CESID-, aunque prácticamente todo es ya conocido desde el juicio de 1982. Cercas, como la mayoría, descarta una implicación del organismo como tal, pero da casi como segura la de alguna de sus secciones -la AOME-, puesto que el CESID seguía la inveterada norma de las organizaciones de inteligencia de mantener siempre 'secretos dentro de los secretos'. La acusación de Tejero y otros golpistas de que tras la AOME estaba el Rey es una pista que no se niega explícitamente pero que tampoco sigue el libro, con lo que queda como mero rumor. Es la única vía que podía haber proporcionado una sorpresa después de todo lo que sabemos y parece inexistente o cerrada para siempre.

También es interesante la reflexión de que Suárez, el antiguo Secretario General del Movimiento, nacido y crecido en el seno de la Falange y el catolicismo abulense, asumió plenamente su papel de motor de la democracia y el progreso en España, hasta el punto de aproximar tanto sus posturas a las de la izquierda democrática que se inhabilitó a si mismo como líder de la derecha social y económica. Con este apoyo, seguramente habría prolongado su vida política durante mucho más tiempo. Pero se vio a si mismo como el timonel de un centro-izquierda libre de ataduras programáticas o heredadas del pasado, que podía traer el bienestar y la libertad a todos los españoles. La asunción de este programa y del papel ideológico que creía representar acabaron por dejarlo sin espacio político, comprimido entre una derecha, cada vez más recompuesta, que no le quería y una izquierda que pugnaba por llegar al poder y aplicar el mismo programa pero con una capacidad de articulación social más grande.

Y también conviene destacar la intuición de Cercas de que el plan del rey y Torcuato Fernández Miranda cuando nombraron a Suárez y le encomendaron que deshiciera el aparato institucional franquista era haberle sustituído con premura una vez realizado el encargo, a la espera de confiar en una figura más prominente y con algún reconocimiento internacional la posterior función de pilotar el alumbramiento de una nueva Constitución y la consolidación de una monarquía parlamentaria. Pero ahí tropezaron con la ambición y seguridad en si mismo del propio Suárez, quien se aplicó a demostrarle al Rey con los hechos que él era el presidente que necesitaba porque era el único político capaz de arraigar la monarquía montando una democracia igual que estaba desmontando el franquismo; también se aplicó a demostrarle por contraste que Fernández Miranda era sólo un viejo jurista timorato e irreal, Fraga un bulldozer indiscriminado, Osorio un político tan pomposo como inane y Areilza un figurín sin media hostia.”

Lo que se podía haber desarrollado más, si la actuación del rey y no la figura de Adolfo Suárez o la propia memoria personal de Javier Cercas fuera la motivación principal de la obra, son las razones de este real paseo por los límites de la legalidad. Tan sólo se profundiza -y en diversas ocasiones- en los avatares de la relación del rey con Suárez y en las presiones que hubo para que dimitiera, pero no en las escasas alternativas que Juan Carlos tenía a la hora de pensar en sustituirlo, cuatro años después de que su protegido se hubiera asentado de aquel modo en el poder. La opción de Manuel Fraga y su derecha conservadora suponía por entonces renunciar a gran parte del proceso de Transición que el mismo rey había propiciado. La UCD era una auténtica olla de grillos y fuente de las peores conspiraciones contra su líder. El PSOE acababa de salir del reciente trauma de la dimisión y posterior recuperación de Felipe González como su líder y de la tremenda sacudida que supuso en sus bases el abandono del marxismo como fundamento ideológico; no parecía en ese momento maduro para asumir el poder. Y, por razones evidentes, los comunistas y Santiago Carrillo no constituían una opción viable. Un Carrillo, además, capitidisminuido en su papel dentro del partido y sometido a toda clase de ataques internos. Si tenemos presente la dura crisis económica en que España se veía inmersa, el sagriento acoso de ETA, que estaba poniendo contra la pared los mecanismos del estado y la paciencia de unos militares que veían caer cada semana a dos de los suyos, la pasividad del presidente del gobierno y el descontrol parlamentario, quizá se pueda entender que el rey atisbase, como tantos otros, la posibilidad de un gobierno de concentración o de unidad encabezado por un militar aceptado por los partidos. Posición discutible como monarca en un régimen parlamentario pero comprensible desde el punto de vista de un Jefe del Estado que acababa de salir de una plenitud de poderes conferida por Franco y que todavía creía estar viviendo momentos excepcionales.

Aunque se menciona el papel que jugó el Congreso de la UCD en Palma de Mallorca tras la dimisión de Suárez, no se lo relaciona con lo que debió ser un sustancial cambio en la actitud del Rey. Cuando la UCD depuso por un momento sus peleas internas y pareció dispuesta a recomponer sus filas tras un gobierno encabezado por Leopoldo Calvo Sotelo, una figura prestigiosa como gestor y suficientemente a la derecha como para calmar los temores de los centros económicos del poder, los de la embajada de Estados Unidos, y los del propio Rey, cualquier solución que rompiera o bordeara los márgenes de la Constitución parecía arriesgada y, sobre todo, innecesaria.

El balance que hace Cercas de todo lo ocurrido es también discutible, pero de lo más equilibrado que he leído. Para él, no hay duda del fracaso del golpe, como tampoco hay duda del triunfo de algunas de las hipótesis sobre las que se fundamentaba el golpe, ya que tras el 23-F se recondujo la situación económica y, sobre todo, autonómica del estado. Incluso el reforzamiento de la figura del Rey podía satisfacer finalmente los instintos monárquicos de algunos protagonistas de la asonada, como Armada, Milans o Cortina. Pero lo cierto es que la Transición y el 23-F permitieron la existencia del periodo de democracia parlamentaria más largo de nuestra historia, y mucho más sólida que la de 1931, que la descentralización adminsitrativa del Estado siguió existiendo, y que, dentro y fuera del ejército, la opción golpista quedó totalmente desacreditada. Cercas, en este punto, se lanza a una critica, no ya de los protagonistas del pasado, sino de los de la actualidad, cuando acusa a la izquierda de criticar actualmente con frivolidad todo lo sucedido en aquella Transición, por considerar que se cedió demasiado en el pacto con los herederos de la Dictadura, abandonando así la construcción de la España actual en manos de una derecha que se ha apropiado del discurso y lo reivindica como propio -algo que Cercas rechaza-, olvidando el papel que la presión social y las protestas de los militantes de izquierda tuvieron en su repentina conversión a la democracia. Repite, con insistencia que la ética de la responsabilidad no siempre es compatible con la ética de la convicción y que lo mejor no debe ser enemigo de lo bueno.

3 comentarios:

  1. ¿Son los políticos una clase? Porque se ha extendido ya esta frase que se acepta sin más. Si yo fuese político en un determinado momento no me gustaría que me considerasen de la misma clase (es decir, con los mismos intereses) que mis oponentes ideológicos. Otra cosa: como en tantas ocasiones, un acontecimiento solapa a otros que pueden estar más o menos relacionados con el primero. Que se quería buscar una salida a la descomposición de la UCD y la falta de gobernación del país es evidente; que los militares lo intentaron por su parte también (aunque creo que divididos), pero si se llegase a demostrar fehacientemente que la oposición como tal, o algún partido de la misma, estuvo involucrado en un intento anticonstitucional la idea que tenemos de aquella época tendría que cambiar. Gobierno y rey debían tener información de lo que se fraguaba tanto por parte del CESID como por las intentonas desestabilizadoras anteriores, pero lo cierto es que su actuación (a salvo la desautorización televisiva) fue nefasta. Un saludo.

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  2. Los partidos constitucionales no estaban detrás de la intentona golpista como tal; los militares se cuidaron bien de dejar fuera a los civiles y, salvo Armada, poco querían saber de partidos ni de políticos. Otra cosa es que, como expone Cercas, jugaran con frivolidad al 'todo vale' con tal de desprestigiar y echar a Suárez. Todavía recuerdo cómo, ante los tremendos problemas de orden público y la falta de liderazgos indiscutidos, se empezó pidiendo un ministro del Interior militar y se acabó pensando en que el presidente del gobierno también podía serlo. La información sobre posibles golpes circulaba por todas partes, y en el libro se señala cómo el gobierno, y el Rey, disponían de un diagnóstico bastante aproximado de lo que estaba ocurriendo. Pero parece que nadie fue capaz de prever el momento exacto, entre otras cosas, porque la operación fue altamente improvisada, y porque los encargados de vigilar a los golpistas (Cortina y su gente) jugaron un evidente doble juego. Gracias por tu colaboración.

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    1. En los días posteriores al 23-F se supo que los golpistas tenían una lista con un gobierno provisional, presidido por el general Armada, y formado por políticos de casi todos los partidos constitucionales. Incluso, Felipe González o E. Múgica estaban en la lista.
      Todos los golpes militares llevan aparejada una trama civil. Eso es de libro.
      Saludos.

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