Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia (Hegel)

sábado, 19 de febrero de 2011

Catástrofes y solidaridad en la baja edad media

Las catástrofes, acaecidas por causas naturales o provocadas por mano humana, suelen ser un duro momento de prueba que puede romper la cohesión de una sociedad. Reconstruir los lazos de solidaridad e incluso las jerarquías internas suele ser algo imperativo y que sigue al desastre muy cerca en el tiempo. Pero no todas las sociedades ni todas las épocas utilizan mecanismos similares; depende mucho del entorno cultural y político. No debe sorprendernos, pues, que, durante la edad media, las reacciones populares e institucionales difirieran bastante de las nuestras. Un artículo escrito por Antoni Riera nos lo describe en detalle: L'expiació d'una culpa. Catàstrofes naturals a la baixa edat mitjana (L'Avenç, 2003, nº 280, pp. 17-24). Su autor se basa en crónicas que relatan el temendo impacto sufrido por el norte de Cataluña debido al terremoto de 1427.





Las sociedades medievales vivían sometidas a un amplio abanico de posibles catástrofes: terremotos, incendios devastadores, epidemias, sequías, guerras -con sus correspondientes asedios-, invasiones exteriores, lluvias torrenciales e inundaciones... era muchas las cosas que podían suceder y que, de hecho, sucedían. Cuando alguna de estas desgracias se abatía sobre una población, este conjunto de personas, en mayor o menor grado, veía trastocado el orden habitual de relación y de reproducción de los bienes materiales y de las jerarquías sociales.

Ya hemos comentado en una entrada anterior la estrecha relación que en la edad media se establecía entre naturaleza, moral y religión. Los acontecimientos naturales no eran sino 'signos' del mundo espiritual, y las desgracias, mucho más las provocadas por los propios hombres pero no tan solo éstas, debían considerarse fruto de un desorden de carácter moral.

Si ya había existido un desorden anterior a los hechos, como sucede en las guerras, el pánico podía agravar las tendencias a la disgregación y la solidaridad. Las tensiones individuales entre los afectados debían orientarse hacia objettivos unitarios positivos. Hoy esto se haría, por ejemplo, mediante llamamientos a la atención sanitaria, la distribución de bienes, la acogida a quienes han perdido sus viviendas, etc., y también mediante actos colectivos (celebraciones, homenajes, ceremonias religiosas...) que provoquen una fuerte concentración emocional y faciliten la catarsis. En la edad media se compartían plenamente los objetivos, pero algunos de los mecanismos eran bien diferentes.

La enorme tensión emotiva y el sentimiento de abandono provocados por la calamidad podían entonces ser desactivados por le clero, en su papel de administradores de lo sagrado. Las misas y rogativas, en un ambiente estrictamente jerarquizados de acuerdo a la sociedad estamental, solían ser el mejor instrumento de actuación. En estas ceremonias de masas, cada estamento reunía nuevamente sus miembros, reocupaba el lugar que le correspondía dentro de la comunidad, se evidenciaban los códigos de respeto y los símbolos de identificación social, renovando así los vínculos de relación establecidos y aceptados. 

La penitencia individual y colectiva era otro medio para conseguir los mismos objetivos. Los penitentes dejaban a un lado sus disputas anteriores y se reconciliban públicamente entre ellos, "en un clima de alta emotividad y una cierta desmesura en los gestos". El eje vertebrador de las ceremonias colectivas solía ser la procesión penitencial, de nuevo, y más que nunca, jerarquizada. El hieratismo con que las autoridades afrontaban lo sucedido contrastaba con la expresividad popular, basada en gestos y lamentos desmesurados; esto contribuía a aumentar la exigencia de respeto.

También era frecuente el recurso a elevar temporalmente el nivel de exigencia moral. Se prohbían los juramentos, blasfemias, la prostitución -o al menos se confinaba ésta en el burdel-, los juegos de dados y cartas. También se ordenaba a los hombres despedir a sus concubinas. Los predicadores recordaban las normas de conducta y el lenguaje correcto. En esta tarea despuntaban las órdenes mendicantes que, por su dedicación básica a los ambientes urbanos, encontraban un amplio eco. 

Pero otra de las herramientas empleadas era desviar la atención de todos los males hacia un chivo expiatorio. Algún grupo que pudiese concitar la animadversión popular y explicar lo sucedido en base a una culpa ajena. Este fue el papel que correspondió durante siglos a los judíos, a los herejes, a las brujas o a los extranjeros. Su persecución reforzaba la solidaridad interna del grupo mayoritario y permitía restablecer la frontera entre lo puro y lo impuro, lo moralmente correcto y lo depravado, los que habían atraído el castigo del Cielo y quienes lo sufrían. Este sentimiento de ser víctimas y no persecutores proporcionaba la coartada ética y endurecía, al mismo tiempo, la persecución. La solidaridad y cohesión de las sociedades pueden tener, como vemos, muchos rostros.

3 comentarios:

  1. Muy interesante reflexión Ismael. Por curiosidad, a qué documento medieval corresponde el gráfico que incluyes en tu artículo?

    Saludos, Claudia

    ResponderEliminar
  2. Hola, Claudia. Pues no te puedo ayudar, porque lo tenía de una ocasión, hace tiempo, en que preparaba unas clases sobre la Peste Negra, y he perdido la referencia.
    Gracias por tu comenario.

    ResponderEliminar
  3. En el blog El rincón de Alejandría también se incluye el gráfico aquí citado. La autora del blog podría aclararlo. Un saludo.

    ResponderEliminar