Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia (Hegel)

martes, 15 de marzo de 2011

El año 0 de la amenaza nuclear. La carta de Albert Einstein

Atenazado como todos por las alarmantes noticias nucleares que llegan del Japón, he recordado algunas lecturas sobre esa espectacular forma de producir energia que hemos incorporado a nuestra cultura en los últimos setenta años. En concreto, un artículo de García Deleyto explicando el punto de partida del primer uso que se le dió en la historia: las bombas atómicas que permitieron la destrucción de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Ese momento inicial fue la carta que dirigió Albert Einstein al presidente de los Estados Unidos, alertandole sobre la posibilidad de construir una nueva superbomba: La carta de la bomba atómica Historia 16 (1989), nº 160, pp. 82-87.


Esa carta se escribió el 2 de agosto de 1939, cuando aún no había comenzado la II Guerra Mundial. Llamaba la atención del presidente Roosevelt sobre la posibilidad de lograr una reacción nuclear en cadena en una masa de uranio que generaría grandes cantidades de energía. Lo más sorprendente del artículo es constatar que su autor manifestaba, como buen científico, un prudente grado de escepticismo respecto al empleo que se pudiera dar a este impresionante avance tecnológico: "Es concebible, aunque mucho menos seguro, que puedan construirse potentísimas bombas de un nuevo tipo". La razón que le había movido a dirigirse al mandatario norteamericano figuraba al final del mensaje, cuando señalaba "tengo entendido que Alemania acaba de interrumpir la venta de uranio procedente delas minas de Checoslovaquia, de las que se ha apoderado. Tal medida podría ser consecuencia de haber sido destinado el hijo del subsecretario de Estado, Von Weizsäcker, al Instituto Kaiser Guillermo, de Berlín, donde se realizan investigaciones sobre el uranio similares a las que se efectúan en Estados Unidos."

Einstein no podía presumir por entonces de una visión profética en el terreno de la energia atómica. Incluso tras el descubrimiento de los neutrones en 1932, había declarado que "no existe la más ligera indicación de que pueda obtenerse energía. Ello significaría que el átomo podría ser desintegrado a voluntad". Parece ser que le costaba imaginar siquiera tal posibilidad, que se confirmó en 1938, pocos meses antes de la redacción de la famosa carta, en el mencionado Instituto Kaiser Guillermo de Berlín, cuando Otto Hahn y Fritz Strassmann lograron finalmente la fisión de átomos de uranio. Este crucial hecho fue conocido a través de una publicación científica alemana el 6 de eenro de 1939. Ese mismo mes, varios físicos estadounidenses consiguieron replicar los experimentos germanos. Esas eran las investigaciones a que hacía referencia Einstein en la última línea de su carta.

Albert Einstein, de conocido origen judío, se había convertido en un exiliado tras las subida de los nazis al poder en 1933. Por entonces trabajaba para el Instituto de Estudios Avanzados en la universidad de Princeton. Allí se encontraba también el científico danés Niels Bohr, con quien pudo discutir las implicaciones de lo conseguido en Alemania. No fueron ellos, con todo, los que vieron más claramente el uso militar que se podía dar a los nuevos descubrimientos. Quienes estaban más alarmados eran dos húngaros, Eugene P. Wigner y Leo Szilard que trabajaban en la misma Princeton y en la universidad de Columbia, respectivamente. Los experimentos nucleares en Estados Unidos avanzaban lentamente por la falta de mineral de uranio en estado puro. Las propuestas de Enrico Fermi, quien también estaba contratado por la universidad de Columbia, a las autoridades navales americanas habían sido acogidas con escaso interés, y los dos científicos húngaros resolvieron pedir el apoyo de Einstein para tratar de implicar a la administración Roosevelt.

Einstein, aunque había dado el impulso teórico a estas investigaciones con su teoría de la relatividad, se hallaba bastante alejado del campo de la física experimental; lo estaba incluso de la actividad docente en aquellos momentos, pues disfrutaba plácidamente de unas vacaciones navegando en la costa de Long Island. "En camiseta y con los pantalones remangados" discutió con sus inesperados visitantes el trabajo secreto de la Sociedad del Uranio alemana. Allí mismo dictó a Wigner la carta que debía dirigir al presidente de los Estados Unidos. Señala el autor del artículo que "comentaría Wigner su asombro por el maravilloso dominio del idioma que demostró Einstein, ya que una carta así es difícil de improvisar en una lengua que no es la propia". En todo caso, Einstein no consideró la ocasión como algo solemne, y se dirigió rápidamente a su pequeño bote de vela para iniciar una nueva navegación vespertina. Hubo que volver al día siguiente con la copia mecanografiada para que la firmara el profesor. Fue Szilard quin redacto el informe técnico que acompañaría la misiva.

Planearon hacer llegar la carta a través de un amigo personal de Roosevelt muy aficionado a los avances científicos, Alexander Sachs, pero el encuentro con el presidente se retrasó debido precisamente al estallido de la guerra en Europa. No conseguirían una cita hasta el 11 de octubre. Como Roosevelt no conseguía concentrarse en los detalles técnicos del asunto, Sachs prefirió leerle tan solo el inicio y el final de la carta, que hemos reproducido más arriba. En un segundo encuentro al día siguiente, Szilard utilizó la estrategia de recordar al presiente el escepticismo ignorante de Napoleón al recibir un proyecto sobre la construcción de barcos movidos a vapor, y le leyó una afirmación del físico brítánico F.W. Aston donde se decía que "personalmente no tengo dudas de que la energía subatómica está disponiblea nuestro alrededor y que algún día el hombre liberará y controlará su casi infinito poder. No podemos impedirle que lo haga, y nuestra única esperanza es que no lo use exclusivamente para hacer saltar por los aires a su vecino.". Roosevelt comprendió entonces la gravedad de que los nazis adelantaran a su gobierno en la obtención de esta amenazadora bomba, y apenas murmuró "esto requiere acción". Allí mismo dio instrucciones para crear un consejo de expertos que pudiera darle directrices sobre el tema.

Este Comité Asesor sobre el Uranio, donde se incluían Szilard y Wigner, junto con otros científicos y cargos militares, empezó hablando de las capacidades destructivas de la bomba y el presupuesto necesario para los primeros experimentos. Como suele suceder, los expertos militares no se mostraron muy impresionados con los que les decían los científicos civiles. "El teniente coronel Adamson, que era artillero... comentó que tiempo atrás estuvo muy cerca de la explosión de un polvorín y ni siquiera cayó al suelo. Continuó pontificando sobre cómo las guerras se ganan por los hombres y la moral, y no por medio de las armas". Esto obligó a Wigner responder cáusticamente que quizá lo mejor que podían hacer los Estados Unidos era suprimir el Ministerio de la Guerra y repartir los fondos destinados a armamento entre la población civil, lo que repercutiría muy favorablemente en su moral. Al final, un pequeño presupuesto para investigación pudo ser aprobado. Con todo, los problemas económicos y burocráticos retrasaron la puesta en marcha del proyecto durante prácticamente un año. Szilard se quejaría más adelante que, sin estas trabas, la bomba podía haber estado disponible en 1944, con lo que hubieran sido los alemanes los primeros en probar los terribles efectos destructores de la nueva arma.

Que Einstein no fue particularmente feliz durante su larga colaboración en el finalmente denominado Proyecto Manhattan lo demuestra el comentario final que hizo cuando se enteró de que la primera bomba atómica había sido efectivamente lanzada: "¡El mundo no está preparado para esto!"

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