Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia (Hegel)

martes, 1 de marzo de 2011

Guerras primitivas

A veces, ciertas casualidades te ofrecen la oportunidad de adquirir libros que después te preguntas por qué no habías comprado antes. El pasado octubre, durante un viaje a Francia, la informalidad de un establecimiento me proporcionó un rato libre justo delante de una librería, y eso, en mi caso, es demasiada tentación. Dando vueltas entre las estanterías acabé comprando una edición de bolsillo del libro de Lawrence H. Keeley Les guerres préhistoriques (Paris: Perrin, 2009), traducción del original inglés War before Civilization (1996), un estudio muy sugerente para todo el que se interese por la génesis y características de los conflictos bélicos.
Quienes piensen que los horrores de las dos últimas guerras mundiales y la era nuclear han marcado un cénit en la capacidad de destrucción humana, hallarán en este libro interesantes sorpresas.



L.H. Keeley es un arqueólogo motivado por la necesidad de integrar el estudio de la guerra primitiva en nuestros conocimientos sobre el origen de las sociedades. Al parecer, durante mucho tiempo, en Estados Unidos se ha menospreciado sistemáticamente esta vertiente, hasta el punto de ser muy difícil obtener fondos para excavar yacimientos con este tema como argumento principal de la excavación. Según denuncia el autor, el paradigma instalado en la arqueología norteamericana durante los años sesenta y setenta privilegiaba los aspectos sociales y la integración del hombre 'primitivo' en la naturaleza, y consideraba accidental todo aquello relacionado con los conflictos armados. En parte se debía a la reivindicación de las culturas nativas como menos destructivas humana y ecológicamente que la cultura industrial -ver entrada "Catastrofes prehistóricas (y del futuro)"- y en parte al menosprecio con que sistemáticamente se había mirado las capacidades militares de aquellas culturas actuales que habían terminado sufriendo la colonización occidental, entre las que estaban todas las consideradas como próximas a las antiguas sociedades cazadoras-recolectoras o del Mesolítico. Así, desde la izquierda y la derecha del panorama universitario se venía a coincidir en que la guerra no resultaba fundamental para la comprensión del funcionamiento de estas poblaciones.

Por el contrario, Keeley argumenta que ambas percepciones son completamente falsas. Para ello recurre a la misma metodología que sus contradictores y ofrece numerosos ejemplos tanto de yacimientos arqueológicos como del pasado y presente de culturas primitivas, con datos aportados por la historia, la antropología y la etnología.

Afirma que las sociedades preestatales pacíficas fueron siempre raras. La guerra era un estado casi endémico entre ellas y la mayor parte de los hombres adultos debían enfrentarse a diversos conflictos bélicos a lo largo de una vida. No sólo porque hubiese batallas campales, con choques que perfectamente podemos considerar como tales, sino por la frecuencia de los raids que unos grupos tribales emprendían contra otros, incluso a larga distancia, lo que convertía la seguridad completa en un estado casi ilusorio. Estos raids para ocasionar víctimas, robar mujeres o ganado, destruir cosechas o poblados se confundían con emboscadas y pequeños ataques sorpresa que tenían los mismos objetivos, y ocasionaban generalmente más bajas en relación a las fuerzas implicadas que las batallas modernas, mucho más complejas pero menos mortíferas. El conjunto de la población, en los siglos XIX y XX ha asumido un riesgo mucho menor de padecer la violencia armada, y con menos frecuencia.

La guerra en estas condiciones era también altamente destructiva por lo que hace a los bienes, sobre todo en medios de producción y refugios. Aunque pudieran ser repuestos con cierta rapidez, la precariedad de las condiciones de vida podía hacer que estos saqueos pusieran en peligro la existencia de toda una sociedad. Pérdidas humanas y destrucciones provocaban el Terror entre las víctimas de estas amenazas, como actualmente puedan causarlo los estados o las organizaciones violentas.

Frente al desprecio de los teóricos militares occidentales, Keeley considera que la guerra primitiva no representaba una forma pueril o decadente de guerra, sino un conjunto de tácticas y estrategias altamente efectivas precisamente porque quedaban reducidas a lo esencial. Similar a lo que actualmente se conoce como "guerrilla", pero practicada con habilidad y plena conciencia, la guerra primitiva podía enfrentar con éxito incluso a los ejércitos de las potencias industriales, mientras éstas no ponían en juego todos sus recursos económicos y demográficos. Aporta numerosos ejemplos, uno de los más conocidos, la resistencia apache contra las tropas de los Estados Unidos. Pese a involucrar miles de hombres, el ejército estadounidense tan sólo pudo vencer a las pequeñas bandas rebeldes cuando empleó las mismas tácticas irregulares y contrató como auxiliares tropas indias. La única inferioridad de la guerra primitiva era la logística, dado el estrecho margen de sus poblaciones y recursos.

La crueldad de estos conflictos era tan o más comparable a lo que conocemos en la actualidad. Durante milenios, los pueblos sin estado han desarrollado versiones, en ocasiones muy elaboradas, de campañas de devastación, robo, incendio, masacre y destrucción de cualquier recurso enemigo, provocando con cierta frecuencia la desaparición de grupos sociales enteros o provocando su integración con otros, con todo tipo de situaciones posibles, desde la alianza hasta la esclavitud. Los combats frecuentes, aunque fueran poco mortíferos podían con rapidez desequilibrar al conjunto de la población y privarlo de una existencia viable.

Apoyándose en la historia militar occidental, Keeley hace notar que las tácticas de lo que consideramos mundo 'civilizado' variaron siempre muy lentamente y que guerras y batallas son comparables en su forma incluso entre épocas muy diferentes. En la guerra primitiva sucede algo similar, aunque también posea un amplio abanico de recursos para matar y destruir que le son propios. Incluso en el terreno de las armas, ofrece diversos ejemplos que demuestran que los avances tecnológicos no siempre han proporcionado una superioridad bélica a los combatientes. Antes como ahora han sido las tácticas y la preparación del conjunto social para la guerra lo que marcaba la diferencia.

Por lo que hace a las causas, las de las sociedades primitivas se parecen extraordinariamente a las actuales. La única diferencia es que estas culturas nunca luchan para someter en su conjunto una población al gobierno de otra, ya que carecen de las instituciones necesarias para hacer eso. Sólo la aparición del estado proporcionará los medios y el motivo para este tipo de guerra.

Contrariamente a lo que se piensa, ni la intensidad ni la frecuencia de las guerras tiene que ver con la densidad de población ni con el contacto. Aunque pueda ocasionar sorpresa, los intercambios comerciales y los matrimonios entre grupos diferentes no disminuyen sino que aumentan el riesgo de conflicto. Más bien, estos choques aumentan exponencialmente cuando alguna de estas sociedades desarrolla una 'cultura' belicista y los caudillajes que se derivan, algo muy paralelo a lo que puede suceder en las sociedades estatales con las ideologías y liderazgos políticos agresivos.

Al msimo tiempo que nos muestra un panorama cruento, donde la experiencia revela que la humanidad nunca ha tenido un freno biológico cuando se ha planteado hacer la guerra, Keeley afirma, con la misma contundencia, que ninguna cultura ha convertido la guerra en el eje de su existencia durante mucho tiempo. Que todas, de una u otra manera, han acabado valorando la paz como estado normal y superior, ya que los costos de un estado de guerra permanente terminan por revelarse inasumibles.

Considera el autor que intentar saber cual es el mejor camino para instaurar la paz en lugar de la guerra, por la experiencia acumulada en estas observaciones, resulta una tarea muy difícil. Sin embargo, partiendo de diversos ejemplos, entre los que destaca los conflictos entre los colonos occidentales y las poblaciones amerindias de Estados Unidos y Canadá, se atreve a afirmar que el recursos a instituciones sólidas que puedan resolver disputas y al tiempo castigar a quienes rompen la paz, son la única garantía cierta de que el tarde o temprano el conflicto no estalle. Es importante también velar porque quienes mantienen la paz sean de alguna manera recompensados o, como mínimo, no se vean perjudicados por ello.

El antídoto contra la guerra no es, pues, más primitivismo, sino más civilización. Sólo una organización política eficaz, con poderes políticos y judiciales correctamente establecidos y que busquen la justicia. Tanto da que la escala sea local, regional o planetaria, pero, en principio, cuanto más grande es la escala y la duración de las unidades políticas más permanente es la paz, lo cual no quiere decir que exista una única fórmula para resolver el problema, porque, como dice el autor, "elegir la mejor es la cosa más difícil del mundo".

Concluye que, por frecuente, espectacular y atrayente que pueda ser, la guerra siempre termina por constituir un factor menor de la vida social. Incluso los piratas o los bandidos deben acabar comerciando para obtener algún provecho de sus robos. Las actividades pacíficas terminan por ser mucho más cruciales que las violentas. Tenemos así que una reivindicación de la necesidad de estudiar la guerra  Cuando la investigación se somete al razonamiento y a la metodología de las ciencias historiográficas, acaba por revelar la auténtica importancia de los conflictos, y el estudio de un tipo determinado de sociedades nos puede permitir extraer conclusiones de valor universal. Es lo mejor de consultar obras inteligentes como la de L.H. Keeley.

2 comentarios:

  1. Me dispongo a leer este libro (si lo encuentro). El artículo tiene un interés indudable, pero cuando leí el título y vi el gráfico creí que las guerras a las que se refería eran las del hombre primitivo antes de la práctica agrícola y ganadera, antes de la sedentarización y antes de la construcción de poblados. En realidad la construcción de poblados, con el tiempo, derivó en el embrión del estado. Hay una frase en la que se dice "robar mujeres o ganado, destruir cosechas o poblados..." la cual denota que estamos ya ante sociedades neolíticas, es decir, primitivas, pero no tanto como yo imaginé al empezar a leer. Otro ejemplo que se pone es el de las guerras entre el pueblo apache y el ejército de Estados Unidos: claro, esto ya es otro contexto y otros factores, pues aquí hay una parte primitiva, pero la otra no. De todas formas el libro y el artículo tienen interés porque destruye la idea que algunos defienden de que el primitivo vivía en una prístina inocencia en relación al hombre civilizado. Es curioso que la colaboración de indígenas con el invasor ha sido una constante: en la Hispania romana, entre los prueblos ameriendios con los conquistadores españoles y entre los apaches que se integraron como tropas auxiliares en el ejército norteamericano. Un libro y artículo que ayudan a comprender algo más la naturaleza humana.

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  2. Como se indica en el artículo, los autores del libro son arqueólogos dedicados a la prehistoria. Sus referencias a sociedades de culturas similares a las del mesolítico o a los conocimientos que nos brinda la antropología y la historia más reciente de pueblos cazadores-recolectores sirven para ofrecer ejemplos documentados de la táctica y estrategia empleadas en estas guerras o de la forma en que se gestionó el enfrentamiento con la cultura occidental. En tondo caso, se trata siempre de sociedades anteriores a la aparición de formas estatales.

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