Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia (Hegel)
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domingo, 12 de agosto de 2012

La II Guerra Mundial no 'estalló' en 1939

El tiempo es la materia prima del historiador, una verdad que olvidamos a menudo. Obsesionados por definir las líneas convergentes que explican las causas de un acontecimiento o realidad determinados, y las divergentes que dejan ver sus consecuencias, sacrificamos con demasiada ligereza la sincronía que permite captar la realidad tal como es percibida por los protagonistas del momento, en aras de una diacronía que nos ayuda a comprender el pasado, pero también deforma la imagen que proporcionaba cuando todavía era presente.

Semejante divagación viene a cuento de una estupenda aportación del profesor Francisco Veiga, de la Universidad Autónoma de Barcelona que facilita comprender lo que significó para los contemporáneos la evolución de la geopolítica mundial a lo largo del año 1939, el encadenamiento de realidades que tradicionalmente se ha venido considerando antesala y detonante del 'estallido' de la Segunda Guerra Mundial. Se trata del capítulo titulado Las guerras de 1939,  integrado dentro del volumen colectivo Europa, 1939. El año de las catástrofes, editado por Francesc Vilanova y Pere Ysàs y publicado por la Universidad de Valencia en 2010.

sábado, 19 de mayo de 2012

Los planes imperiales de Franco

Uno de los temas más debatidos por la historiografía durante la dictadura de Franco fue su papel en la Segunda Guerra Mundial. Los propagandistas del Caudillo insistieron en su habilidad para mantener a España fuera de la contienda y la forma en que, con astucia gallega, había conseguido sortear las presiones de Hitler. Sus detractores repetían que tales presiones prácticamente no existieron, que Franco quiso entrar en guerra y que si no lo hizo fue por temor a las reacciones de los aliados o por desinterés de la propia Alemania. Los supuestos silencios de los participantes en la aparentemente trascendental entrevista de Hendaya contribuían a crear una bruma que rodeaba todo de incógnitas.

Con las aportaciones de las tres últimas décadas este panorama se ha ido aclarando poco a poco y ahora tenemos una idea bastante precisa de estos supuestos 'misterios', aunque no exista mucha bibliografía específica. Algunas de las últimas y más interesantes piezas nos las desvela Manuel Ros Agudo en su libro La Gran Tentación. Franco, el Imperio colonial y los planes de intervención en la Segunda Guerra Mundial, un estupendo libro publicado en la no siempre recomendable editorial Styria (Barcelona: 2008), donde se estudian, en general por primera vez, los planes bélicos españoles para invadir Tánger, el Marruecos francés y -tambén- Francia o Portugal. Unos planes que no fueron sólo meros ejercicios de Estado Mayor, sino auténticas opciones políticas que estuvieron a punto, en algunos casos, de llevarse adelante, pero que también revelan la falta de realismo que, por entonces, aquejaba a militares y falangistas, en general afectados por la retórica nacionalista y lejanos a lo que era el duro mundo de las relaciones internacionales.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Claves de la Segunda Guerra Mundial

Uno de los problemas con los que se encuentra cualquier aficionado o profesional de la historia para comprender la naturaleza, desarrollo y consecuencias de los conflictos armados es lo parcialmente que suelen razonarse estos aspectos. Se pone mucho énfasis en las causas -fundamentalmente diplomáticas o, en todo caso, socio-políticas- y en el desarrollo militar de la contienda, en el más estrecho sentido del término militar, como acciones de generales y ejércitos o como influencia de los avances tecnológicos en el armamento. De la misma manera que en tantos otros ámbitos, se procede a menudo con una mirada teleológica donde siempre se justifica el resultado (ya conocido) por una 'necesidad' objetiva de que así se produjera dadas las condiciones previas. Esto ha sido todavía más acusado en la historiografía sobre la Segunda Guerra Mundial, donde los Aliados debían imponerse a las fuerzas del Eje sobre todo por razones de orden político-moral (la democracia frente a la tiranía ideológica y militarista del fascismo) que justifican sobradamente toda la superioridad de un bando y la aniquilación del otro. Este planteamiento se cuestiona en el excelente libro de Richard Overy ¿Por qué ganaron los Aliados? (Barcelona: Tusquets ed., 2005; edic. orig. 1995) para quien la victoria del Eje fue no sólo posible sino altamente probable durante buena parte de la contienda. Lo que hace el autor es descender al análisis concreto de múltiples factores y explicar en qué medida la diferente naturaleza política, social y económica de los regímenes enfrentados sí tuvo algo que ver en la victoria de los Aliados, pero lo fue porque se plasmó en decisiones concretas que marcaron estrategias diferentes en múltiples terrenos. Un buen libro de historia militar donde apenas se habla de batallas pero sí mucho de lo que verdaderamente supone una guerra a gran escala.

domingo, 28 de agosto de 2011

En el corazón del nazismo

Pocos alemanes fueron capaces de percibir la auténtica naturaleza del nazismo como Sebastian Haffner. En entradas anteriores he loado ya las excelencias de este pensador liberal, incansable y lúcido analista de la sociedad europea del siglo XX, así que os ahorraré hacerlo de nuevo. Pero no puedo evitar recomendaros otro de sus libros: Alemania: Jekyll y Hyde. 1939, el nazismo visto por dentro (Barcelona: Destino, 2005; edic. orig. 1940). En esta ocasión, se trata de una obra de combate, escrita justo al inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando Haffner ya se había visto obligado a abandonar Alemania y vivía refugiado en la Gran Bretaña. Ajeno a todo falso patriotismo, el autor escribe por y para los ingleses, en un declarado intento de hacer su aportación para que la democracia británica pueda ganar la guerra al fascismo alemán. Intenta explicar por qué no deben confundir a todos los alemanes con los nazis, pero no porque desee exculpar a sus compatriotas, sino porque considera que es el único medio de desarrollar una acción política y propagandística eficaz que ayude a derrotar al Tercer Reich. Justo antes de la inicial debacle aliada de 1940, cuando todavía muchos se hacían ilusiones sobre un posible entendiemiento con el régimen nacionalsocialista y con el nacionalismo alemán, Haffner fue capaz de avanzar, con toda precisión, cual sería la conducta de Hitler hasta el final del conflicto. En su disección de la sociedad alemana podemos hallar, mejor que en muchos otros análisis historiográficos elaborados a posteriori las claves de una tragedia que hizo a millones de alemanes seguir a su dictador hasta la hecatombe.

martes, 15 de marzo de 2011

El año 0 de la amenaza nuclear. La carta de Albert Einstein

Atenazado como todos por las alarmantes noticias nucleares que llegan del Japón, he recordado algunas lecturas sobre esa espectacular forma de producir energia que hemos incorporado a nuestra cultura en los últimos setenta años. En concreto, un artículo de García Deleyto explicando el punto de partida del primer uso que se le dió en la historia: las bombas atómicas que permitieron la destrucción de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Ese momento inicial fue la carta que dirigió Albert Einstein al presidente de los Estados Unidos, alertandole sobre la posibilidad de construir una nueva superbomba: La carta de la bomba atómica Historia 16 (1989), nº 160, pp. 82-87.

jueves, 27 de enero de 2011

Churchill: una espléndida biografía

Hace unos días expresaba mi admiración por Sebastian Haffner como intelectual y como divulgador de la historia. Esta fue la razón que me llevó a 'pillar' en la biblioteca su obra Winston Churchill. Una biografía (Barcelona: Destino, 2002; edic. orig. 1967). Aunque se trata de un personaje que siempre divierte e interesa, después de leer otros estudios sobre la misma figura, como el monumental de Roy Jenkins o el muy entretenido de Piers Brendon , o incluso las obras del propio Churchill, parecía un poco superfluo dedicar más atención a otra biografía, antigua en el tiempo y con poco más de doscientas páginas.

Pero Haffner no defrauda, y en esta ocasión menos que nunca. Buen conocedor de Inglaterra y de la acción política de Churchill (residió en Londres entre 1938 y mediados de los años cincuenta), extranjero, pero empático con el país que le acogió en el exilio, el autor despliega aquí toda su agudeza de buen observador y todas sus habilidades como narrador.